sábado, 3 de diciembre de 2011

dia 25 vida de estudiante prematuro

Nos levantamos con ganas de tardar menos en salir, pero entre duchas, superdesayunos, comida en papel albal y termos de café, volvemos a batir nuestro record de velocidad caracol. En la calle sol, pero ya no nos engaña y vamos preparadas cual cebollas.
En la biblioteca nacional el mismo recorrido de siempre: entrar por la puerta giratoria, ver el cartel de las expos en la entrada principal y decir: "Tenemos que verlas algún día", subir una planta (la lengua empieza a escaparse), subir una más (la lengua ya arrastra hasta la calle), pasar por delante de la secretaria de los cazafantasmas, a punto de jubilarse, y su moño estático, entrar en la sala principal de lectura y mirar el techo infinito, coger sitio en una de las 3 últimas mesas, sacar los libros y los bolis. sentarse. 
Leemos, escribimos, a ratos disimulamos y miramos el panorama. Carol dice que el mercado aquí está muy mal. 
A las seis menos cuarto nos echan a patadas, desmontan el chiringuito en menos de dos minutos, impresionante la coordinación de desalojo que tienen en este lugar. 
Hacemos otra visita al super 99c Jacks, en la 32 entre la sexta y la séptima. Aquí los precios de la comida bailan en torno a 3 dólares dependiendo de los supermercados y los barrios, así que hay que quedarse con dónde comprar cada producto. En Jacks merece la pena el fiambre de pavo, el rollo legumbres, los noodles y el pan en plan bagel.

viernes, 2 de diciembre de 2011

dia 24 what a wonderful day

Cada vez queda menos para empezar las clases y el miedo se apodera de nosotras a ratos. Hace mucho, y ya casi que tengo que pensar en años, que triste, que no nos chupamos una jornada de 8 horas seguidas de clase. Por no mencionar que serán en inglés. Nos levantamos vigorosas y decididas cuando el despertador suena, y aun así nos cuesta unas dos horas salir de casa. Aun no entiendo por qué el tiempo a veces se expande y otras se contrae.
Nos bajamos en Times Square y caminamos por la 42. El Crysler nos desea buenos días sonriéndonos con sus puntiagudas ventanas. En pocos minutos estamos en la Biblioteca Nacional. Solo la fachada ya te anima a estudiar, con su sobriedad escolástica. Merece la pena su buen paseo, porque el edificio es enorme. En la tercera planta hay salas de estudio. Muchas mesas tienen enchufes por si vas con ordenador, la conexión wifi es fantástica y gratis. Me siento en el puesto 63, las sillas, de madera con brazos a la vieja usanza, son tan grandes que te puedes perder en ellas. El silencio es digno de este techo tan alto. De vez en cuando algún paseante sacando fotos te despista, pero en vez de perderte te alegras de estar camuflada y piensas si pensaran: "Ah mira, una auténtica neoyorkina estudiando", y después te sacan una foto porque eres una especie en extinción.
A la una y algo, contentas con nuestra mini jornada laboral, volvemos a casa con la sensación de ser productivas, o al menos eso es lo que queremos creer. 
Una hora después quedamos con Sana en el Martha´s Bakery, esta vez tomamos café que vamos con la barriga recién comida. Sana es lo que nos arranca la primera sonrisa del día, es tan dulce ella como el chocolate que se toma, y lo mejor de todo, es nuestra futura compañera de piso. Nos mudamos a su casa, sin movernos del barrio, así que esta vez no supondrá un jaleo de dos horas de metro arrastrando bultos. De la 33 a la 37 hay pocas calles, menos si tienes en cuenta que no existe la 34. 
Con la sonrisa de oreja a oreja nos vamos de excursión de nuevo a Manhattan. Salimos del metro en la 103, Upper West Side, que cae cerca de la universidad de Columbus. Cenamos con Enric y Olga en el piso del cuñadísimo, un lujo de apartamento al que no alcanza nuestro bolsillo. Después de una botella de Jumilla, por aquello de rememorar patria, vamos a la quinta avenida con la 28. En el piso 20 hay una discoteca, de acceso gratuito, llena de sofás que cuenta con una terraza, en el piso 21. Antes de entrar puedes coger uno de los albornoces manta, parecidos a aquellos que anuncian en la teletienda en España a las 3 de la mañana, para no pasmarte de frío. Las vistas son tremendas, el Empire y el Crysler están justo enfrente. El sitio está bien acondicionado, con sus lámparas de calentar pollos para que no te quedes tieso y su barra que vende cafés y chocolates calientes, eso sí, no tardes mucho en bebértelo si vienes en invierno o acabará siendo un granizado. 

jueves, 1 de diciembre de 2011

día 23 el diluvio universal

Cuando llueve en Nueva York, significa de verdad que llueve. Nos quedamos en casa, que bajo techo te sientes seguro. La lluvia aquí es como la que contaba Forrest Gump de Vietnam: fuerte, más fuerte, en diagonal de izquierda a derecha, en diagonal de derecha a izquierda, recto hacia abajo, en espiral... la hay para todos los gustos. 
Las aceras de la ciudad, pese a estar acostumbradas a esto y a más, no están preparadas y los charcos profundos crecen como setas para sorprender al pie despistado. 
La nevera, que va camino de la depresión, nos sugiere amistosamente que salgamos a hacer algo de compra. En la calle descubrimos que el vecindario está haciendo un concurso en busca de la decoración navideña más hortera. La cosa está reñida. Las luces de colores se multiplican, los papás noeles con su rojo impoluto y sus barrigas embuchadas en el dichoso cinturón negro que no les deja respirar, algún reno luminoso, mucho muñeco de nieve destartalado... Lo que no termino de entender es cómo pueden dormir tan tranquilos con el cortilandia parpadeando toda la noche.
La lluvia vuelve a aumentar, hacemos algo de compra, y al salir, de regalo, entramos en el Martha´s Bakery. El local es pequeño, unas ocho mesitas redondas pegadas a la pared y un mostrador con 200 millones diferentes de tartas, galletas, muffins, cupcakes... se me vuelve a caer la baba cada vez que lo pienso. Yo me como un danish de queso, Carol una supermagdalena de pepitas de chocolate, el agua corre por cuenta de la casa. Dentro hace calor, hay música folk de fondo y ambiente familiar, un buen rincón para pasar el rato.

martes, 29 de noviembre de 2011

día 22 de la 59 a la 4


Nos despertamos con ganas de turismo. El día está nublado, salimos preparadas hasta las cejas, abrigo, chaqueta, manga larga, manga corta... pero no hace frío. Paramos en Lexington con la 59 y bajamos caminando caminando en dirección a Grand Central, que como la combinación por dentro nos sale más y el tiempo acompaña, preferimos hacerlo por arriba. Los rascacielos se multiplican, con sus paredes de espejos que hacen que la ciudad brille hasta de día. Por la mañana las calles son más transitables, no me siento una oveja perdida que no sabe a que rebaño seguir y sin embargo sin darme cuenta me cruzo con él. El Crisler me vigila desde la acera de enfrente, menos mal que aquí camino mirando al cielo, si no te los pierdes. Pienso que es mucho más espectacular que el Empire, pero qué le vamos a hacer, King Kong no eligió colgarse de su antena. 
Un poco más y estamos en la 42. La Grand Central y su mármol se abren a la calle soltando bocanadas de gente y calor. Dentro es espectacular. El vestíbulo principal es muy grande, no como el reloj, punto de encuentro de tantos planos cinematográficos, que si te descuidas ni lo ves. La planta baja está llena de locales de comida y bebida que comparten pasillos con maletines que corren porque pierden el tren. Los baños también se multiplican, convirtiéndolo en el lugar ideal a visitar cuando aprieten las ganas y no estas dispuesto a tomar otro café para poder entrar al aseo. 
Salimos por la 42 hacia la 5 avenida, los escaparates navideños empiezan a hacer acto de presencia. Por toda la ciudad hay restaurantes que ofrecen menú de sopa y medio bocadillo. Volvemos a picar en el anzuelo, esta vez pruebo las lentejas, que son veganas y ricas, muy calentitas ellas, y el bocadillo de pollo alemán, en pan de centeno. Buena combinación por 7 dolares. 
El Rockefeller Ctr aun no ha hecho el encendido oficial del árbol, aunque las bombillas ya están todas colocadas en su sitio. En la pista de hielo la gente da vueltas como si fueran hamsters en las ruedas de sus jaulas. Alguno intenta hacer pinitos con un salto de vez en cuando, otros se agarran a la barandilla conscientes de que su vida está en juego. Si te paras a mirar la vista atrapa, es como una centrifugadora, solo que aquí dan vueltas personas que se ríen, se caen, se besan.
Al lado queda la tienda de Lego, que como todas ellas, siempre es una delicia que te devuelve a la infancia. Con sus mini escaparates con decorados y personajes al más puro estilo newyorker. Una abuela da de comer a las palomas en Central Park, un grupo de amigas compran perritos en un carrito de la calle, unos obreros arreglan una salida de humos. Por toda la tienda se pasea un dragón verde de escamas rojas, hay más gente haciendo fotos que comprando muñecos. 
Después de ver el nuevo escaparate de Tiffany, que este año es una libre adaptación de los carruseles de caballitos, nos vamos a nuestro sitio preferido para robar internet: la puerta del Apple Store, si necesitáis Internet, ésta es probablemente la mejor conexión gratuita de la ciudad, aunque estén enganchadas 600 personas a la vez como aves de rapiña en la puerta. Dentro de la tienda es aun más curioso, la gente aprovecha los ordenadores de exposición para chequear sus correos, incluso los hay más atrevidos que se llevan los cascos de casa y hablan por el Skype con sus amigos mientras los dependientes uniformados se pasean a su lado.
Con fuerzas repuestas y con plan asegurado caminamos de aquí, la 59, hasta la 4, que suena a poco, pero es mucho. Por el camino nos sorprenden las tiendas y la gente, siempre hay algo que mirar. Me compro dos libros en un puesto callejero uno de William Goldman y otro de Syd Field, un poco de new y otro poco de old school. 
Quedamos con Ana que nos enseña el Belga, un rincón en la 4W, con una entrada roja, plagada de luces rojas que le da un ambiente entre puticlub de carretera y cuarto oscuro de laboratorio. La entrada es discreta, un pequeño cartel escrito con tiza que te lleva a un patio con unas 10 mesitas. La cerveza es cara, unos 7 dolares con las tips, pero el ambiente es ideal para un momento de relax cerebral o de expandimiento intelectual. Punto a su favor: se puede fumar.

domingo, 27 de noviembre de 2011

día 21 de perreo en la lavandería

Dos días seguidos en Astoria sin usar la metrocard, esa fiel compañera sin la que no se puede vivir en esta ciudad. Aunque ayer nos acostamos tarde volvemos a nuestra antigua rutina de no llegar a las 7 horas de sueño. Ya no puede ser el jetlag así que le culparé a la calefacción caribeña que suena continuamente. Los primeros dos días nos volvimos locas, pensando que la cama se estaba rompiendo, que el armario se iba a caer o que las maletas apretadas estaban pensando en explotar. Al final descubrimos que hay algo que gotea y choca dentro de las tuberías cada vez que encienden el calor. 

Damos una vuelta por el barrio y nos pasamos por el Fleamarket de la iglesia. Aquí, como en Inglaterra, se lleva mucho el rollo tienda de caridad, muy recomendable el curiosear, primero por la gente que te cruzas, toda una ocasión para hablar con yayos autóctonos, y segundo por lo que venden, vinilos, dvds, zapatos, juguetes... todo lo que parece que estorba en casa tiene aquí un lugar en una mesa junto a un cartelito en el que dice todo a un dólar. Nos compramos unas camisetas, 3 por dos dólares, que ya nos lanzamos hasta a regatear, y dos bolsos, el mío bastante hortera, las cosas como son. 
Se multiplican por la calle los puestos de venta de árboles de navidad. Aquí no tienen tiesto, te llevas el tronco cortado a ras a casa. ¿Eso se puede replantar o dentro de un mes van a estar las calles hasta arriba de pinos chuchurríos?

Aprovechamos la poca actividad del día para pasar por la lavandería, que ya nos hacía falta. Esta vez toca lavadora grande, 3 dólares con 50, me sigo acordando de Barcelona, si me pongo cinéfila de Isabel Coixet, y si me pongo matemática no me cuadran las cuentas, unas 20 lavadoras, alguna secadora más y dos sillas en todo el local. 

Cuando volvemos a casa nos quedamos pegadas con velcro en el sofá. Cae de nuevo El gran Lebowsky, nunca me canso de verla. Otra cerveza, que el Nota se la merece. La calefacción está alta y los mosquitos, que me están devorando, se frotan las patitas, que las tienen kilométricas.

dia 20 fiesta tupperware


El sábado transcurre vago. Sólo salimos a la calle a comprar comida y bebida. Esta noche hay fiesta de tapers en casa, o de sobras varias, como prefieras llamarlo. Se ve que es típico después de acción de gracias. Nari prepara comida coreana, que pica un poco de más. Yo hago tortilla de patatas, esta vez con pimientos, y sangría. Carol se lanza a la aventura culinaria con el "pa amb oli".

4 americanos, 2 coreanas y 7 españoles damos mucho de sí juntos. 

La fiesta no se acaba pero la bebida sí. Vamos a la búsqueda y captura de extras para reponer. Paseo al CVS, la pharmacy, que lo mismo te vende unos antibióticos que un paquete de espinacas congeladas y que está abierto nonstop por los siglos de los siglos. No venden alcohol durante la noche del sábado, el resto de días puedes ponerte hasta las orejas de lo que quieras. A cambio tienen un cohete de cartón, para niños de 5 años, que sirve de parque de atracciones para trasnochados perdidos.
Un par de intentos más y conseguimos un botín de dos sixpacks de cerveza. Al entrar en casa notamos que nos quieren un poco más que antes. 

Termino la noche en el tejado, con una Brooklyn Lager entre las manos, intentando descifrar por qué el Empire hoy está apagado. 

sábado, 26 de noviembre de 2011

dia 19 anochece en el puente de Brooklyn

Nos despertamos tarde y super desayunamos... arranca el día de sobras de acción de gracias. Me siento Ross en Friends, con mi sanwich de pavo. El blackfriday ha causado estragos, un hombre detenido por sacar la pistola para ser el primero en pillar tele de plasma y una abuela por usar gas pimienta para adelantar en la cola. Estamos locos.

Nos cuesta salir de casa, pero al final lo conseguimos. Metro a Clark St. Brooklyn Heights es un barrio tranquilo y distinguido, pequeños cafés, panaderías, alguna bicicleta. Avanzando la calle hacia el puente pasamos por la puerta del cine del barrio que proyecta Melancolía, qué ganas de verla. El puente va apareciendo entre los tejados, es espectacular en directo. Pasamos por la puerta de la pizzeria Grimaldi, por lo visto la más antigua de Nueva York, y a juzgar por la fila de gente que se agolpa frente a ella, también la que sale en más guías de viajes. 

El cielo nos regala un anochecer plagado de colores y pinceladas. No hace frío ni viento, así que el paseo frente al East River es muy agradable, aunque seamos miles haciendo fotos a la ciudad que se enciende, no nos molestamos entre nosotros. A lo lejos la señorita libertad nos desea dulces sueños antes de irse a dormir. 

Para celebrar las vistas, de vuelta al metro, entramos a un bar que tiene happy hour, Brroklyn Pilsner, Brooklyn Lager y Framboisse. Somos como tres newyorkinas de incógnito, bebiendo, escuchando Jazz y hablando de la vida.